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lunes, 28 de noviembre de 2011

¿A qué huelen los hospitales?

Salió del coma y habían pasado cuarenta y tres días. Vaya! aunque el tiempo le guiñara un ojo, para los suyos fueron largas noches y los días en los que el corazón estaba fuera de sí, las paredes del largo pasillo del hospital supuraban incertidumbre y hasta ideas infundadas de esas que huelen a efectos esterilizadores de Isodine. También eran cuarenta y tres, las páginas que había dejado sin leer y el libro de Neruda seguía allí, en su casa, en la mesita de noche esperando a que aquellos ojos volvieran una vez más a devorarlo para así dar el empujoncito necesario hasta cerrarlo con la última hoja.
En su letargo, ajeno al tiempo que borraba vergüenzas, el monitor de funciones vitales mostraba con sus pitidos la poca autonomía de su delicado cuerpo que junto con el tubo que se introducía por su nariz hacían que la situación pareciera más cruel de lo que aún y todo era.  Cada pitido lo hacía deslizar sin frenos y concentrarse en el frescor del aire puro que ya comenzaba a sentir por su tráquea. Subido a las agujas de un reloj, trataba en balde de estimularlas, moviendo o sintiendo cualquiera de sus extremidades; dedos, manos o pies. Todo era dimensional e inmaterial para él.
 En el espacio tiempo se desentrañaba una odisea con el reloj de la mente, marcando largos segundos como años. La increíble sensación transmitía una comodidad que lo privaba del despertar y a pesar de que los muñecos de su cabeza jugaban al pin pon con pelotas de cristal, bien es cierto que en cuanto se rompiera una de ellas, la dichosa maquinita cambiaría de señal. Era la jodida burbuja artificial la que atrapaba sus pesadillas y las delegaba en oscuridades y colorantes que apestan a hospital.
Ahora sabe a qué huelen los hospitales, siempre había pensado que olían a sopa de ajo pero no. Huelen a lentitud, al tiempo de un reloj sin pilas y sus paredes no son blancas, las vemos blancas porque nuestras retinas tratan de llevar el compás de un espacio dentro de un ciclo que nos mira, el ciclo de la vida. Todo es tiempo, los cuarenta y tres días y las cuarenta y tres hojas del libro de Neruda, todo es duración.

Más vale no juzgar la embestida de cuando soplan con fuerza los vientos de un reloj que se detuvo por falta de tiempo.

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