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lunes, 12 de noviembre de 2012

Fondeando en Rochefort.

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“Lo que desaparece, lo hallamos en cualquier rincón.
Tal vez donde no haya luz, ahí está.
Otra cosa es el materialismo absurdo
enraizado en cabecitas
permitiendo tocar y no ver.”
(Manu LF. “Mis Noches Azules”. 2004)

   Dicen que el tiempo lo pudre todo y que el Yo no existe. Pues vale.
Por aquellas fechas, me encontraba en un lugar del subsuelo francés. Pasaba unos días, un tanto aburridos, en casa de unos amigos que alternaban cafés entre monótonas excursiones e intensas y homogéneas charlas.
Cuando la monotonía francesa se convierte en tedio, y si las condiciones lo permiten, suelo salir a pasear. Ese día, para no improvisar, tracé mi plan de ruta y sin más compañía que mi sudadera, mi libreta y un boli, me mimeticé camaleónicamente entre la gran metrópoli del llamado “Pays de la Loire”. Brillé con el sol de aquel lustroso día y pronto volví a sonreír también por dentro, esbozando coger un bus que me llevara hasta Le Corderie Royale, en Rochefort. Iba a tener dos días para mí solo y necesitaba captar esas sensaciones que para muchos pasan como la vida; desapercibida.
Lo mío desconozco si es pasión o inmoralidad pero había estado antes en cinco ocasiones en aquella cordelería, aunque nunca solo. La cuestión es que no pierdo esa vieja costumbre de revivir sensaciones y recuerdos que la niebla conserva. Rodeado de arquitecturas barrocas francesas, mi otro Yo se refunde con los añejos vientos del siglo XVII que empezaban a oler a guillotinas.
Y allí estaba el mendas, desde el jardín bordeado por el rio Charenté; contemplando aquella alargada arquitectura industrial clásica del siglo XVII, la pizarra azul de sus tejados y sus maravillosas buhardillas, dispuesto a soltar los cuatro euros de la entrada.
En recepción me llamó la atención un extenso grabado que refleja lo que fue la vieja ciudad portuaria de Rochefort y que unos operarios trataban, con absoluta torpeza, de colocar en una de las paredes.
Me ensimismé contemplando los detalles de aquella litografía. No pecaba de ignorancia pues, modestamente, conozco parte de la historia de Rochefort; su antigua base naval, la fábrica de sogas o el puerto arsenal, construido por Colbert en el llamado siglo de la física; XVII.
De pronto, una harmoniosa conjunción de palabras sonó tras de mí;
-¿Qué lugar me recomiendas para degustar un buen té?-
Esa voz,  invitaba girarme y dejar de mirar aquella lámina que, durante un buen rato, absorbía mis retinas y pensamientos con una magnitud descomunal.
Sin disimular mi gesto de incredulidad, me volví y allí estaba Monique, sus grandes ojos, la libélula de su cuello que siempre la acompaña y su rostro rebosando ternura, simpatía y gran amistad.
Monique estudió interpretación en Argentina, la conocí años atrás en su pueblo natal; Kanboo, en un concierto de Etsaiak. Mi primer libro de Alejandra Pizarnik me lo regaló ella el día de mi cumpleaños. En otras cosas no, pero en gustos literarios estamos cortados, ambos, por la misma tijera. Siempre le acompaña su sonrisa, pero ésta se le escapó hace años cuando la crueldad del destino le arrancó de cuajo unas cuantas primaveras. No distinguiendo alivio en quienes consideraba sus amigos creyó encontrar, en un cúter, el bálsamo añorado. En Euskalherria, recuperó poco a poco ánimos, utopías y sueños. Entonces, aunque el sol no brillara para todos por igual, su sonrisa empezó a asomar tímidamente por la barandilla donde tendíamos los sueños que divagan los tejados.

Grité sorprendido su nombre y abrazados nos fundimos dando vueltas por aquella sala, como dos desquiciados ante los atónitos ojos de quienes, con compostura, aguardaban adquirir sus entradas para contemplar lo que yo ya excluía.
La casualidad hizo que Monique, minutos antes en el pueblo, me viera en la ventana del autobús que trae a los turistas  hasta la vieja fábrica.
Monique, me había llamado varias veces al móvil, pero claro, los móviles apagados no dan señal.
Salimos de la fábrica de sogas con tal emoción que dejé olvidada mi sudadera.
A orillas del rio Charenté, echamos el ancla al tiempo y allí nos sirvieron el preciado oro verde, un exquisito té en su punto. En aquella tetería con olor a viejas maderas y tés del mundo, charlando y riendo vimos pasar las horas de aquella tradicional ciudad que huele a inmemoriales aventureros mientras, con palabras, desplegábamos sobre aquella desgastada mesa la vida de nuestros últimos años.
Me invitó a comer a su casa, accedí. Tan solo llevaba dos semanas viviendo en Rochefort, acababa de mudarse desde Italia, por ende todo estaba patas arriba y lo que no, todavía permanecía ordenado en cajas de cartón; unas precintadas y otras destapadas. Allí entre el orden del desorden, me presentó a Karen, su pareja, de la que ya me había hablado con anterioridad. Karen hablaba hasta por los codos, su voz envolvía a las consonantes y la primera impresión que tuve de ella fue acertada; una chica carismática, extrovertida, natural como una flor que se mece por el viento y que sabe estar en su sitio. Tenía unos ojos muy cucos y una imaginación de otro mundo. Karen, oriunda de Bourdeaux, vivió los quince últimos años repartidos entre Argentina e Italia, ella a sus veintiocho años ejercía de profesora de canto e interpretación.

Propuse hacer yo la comida pero dada la situación de babel en la que se encontraba la cocina, haría algo sencillo; una exótica ensalada y macarrones con salsa de queso -había visto diferentes clases de éste en el frigorífico-. Me colgué con guasa un delantal que vi sobre el respaldo de una de las dos sillas que había en la cocina y acto seguido apareció Monique con una cámara de fotos para no perder el detalle de lo que yo no me había percatado; el mandil representaba la caricaturización de unas extremidades inferiores más dignas del “Camasutra en la Cocina” que de un Chef. Las carcajadas de Karen inundaban la casa y mientras hervía el agua con los macarrones; el delantal, unos improvisados disfraces con trapos y sartenes y las risas, quedaban inmortalizadas para siempre en aquellas fotografías. Aquello fue nuestra “Stultifera Navis” particular.
La comida, regada con una botella de vino Chianti, resultó un éxito, sin sal, pero un éxito y tras una larga y agradable sobremesa, café incluido, vimos que el sol se había ido.
-¿Te quedas a dormir con nosotras?- Sugirió Karen.
-Me quedo encantado- Afirmé.
Aquella noche charlamos los tres intensamente y como la cama era grande no tuvimos problema para hacerlo a pierna suelta. Cuando se cerraron mis ojos aparecieron los de Karen, ante mí, haciendo malabares. Ya no pude conciliar el sueño, me levanté dirigiéndome a la cocina para juntar letras sobre una hoja en aquella mesa con restos de macarrones. Eran las siete de la mañana.
Siempre recordaré aquel día, el rencuentro con Monique, los abrazos, como se deshizo el tiempo en aquella tetería al lado del rio Charenté, las risas en su casa, el famoso delantal, los macarrones con queso y sin sal, la “exótica” ensalada de tomate y lechuga, la humildad que supura Karen, los malabares que hacen sus ojos y la sincera manera con la que ambas acarician la vida, ha hecho volver de nuevo la existencia o al menos tener ésta un sentido para Monique.
Esta mañana, alguien abrió un paquete que portaba un empleado de correos y el remite rezaba así;
                                         “De Monique y Karen, desde Italia con amor
 ...tantas otras cosas etéreas que se perciben, se comprenden y tocas cuando el corazón convierte el recuerdo en ríos de emoción que recorren mi cuerpo en la agradable sensación de una sana melancolía.
Entonces escribí esta crónica de aquellos días que pasé con Monique y Karen.

Moraleja; El tiempo no pudre nada, el Yo sí que existe.  Ja, je, ji, jo, ju!!
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