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viernes, 12 de enero de 2018

Pájaros de fuego

Fotografía; Chiara Fersini
Hoy no escribiré nada,
ni hablaré con nadie,
posiblemente nadie me leerá,
me abandonaré a la indiferencia
y a la vuelta traeré ramas
para besarte,
acariciarte
y contar lunares
a la luz de una lumbre.

domingo, 7 de enero de 2018

Alejandría, Hiparco de Nicea no está de moda




El Faro de Alejandría se erigió hacia los años 300 al 280 antes de Cristo en las costas de ciudad egipcia.




Ay, Alejandría!!
Con la lejana luz de tu erguido faro
juegan los delfines
a esas horas perfectas
noctámbulas ballenas se ausentan
resistiéndose a la cita nocturna de Morfeo.

Ay, Alejandría!!
Algunas sirenas te sueñan abstraídas.
Ay, nostalgia de tu delta!!
Desde tu Isla de Faro a Mendes
lodos y aromas de mendesio y especias.

Donde el Nilo pierde la vida
los fantasmas de Alejandro
y Virgilio
brindan con vino de Alejandría.

jueves, 14 de diciembre de 2017

Perros de la vida



Ilustración; Desconocid@
Hacía años que no se veía esto en mi barrio. Tres canes vagabundos, de los que ya ni existen, de los olvidados por las políticas de protección y defensa de animales, escuchimizados, tan enjutos que la inmensidad del hambre parecía haberse posado de por vida sobre sus tres lomos huesudos. Caminaban sucios, con paso loco pero en sintonía. Uno blanco punteado en café, posiblemente descendiente remoto de algún olvidado dálmata, otro canela, con rastas enmarañadas e insustanciales rasgos de perro de aguas, y una tercera, oscura como la noche que dirigía el grupo, sucesora distanciada de algún pastor belga.
En las esquinas, tras sus pasos, corrillos y miradas entorno a tres nuevos huéspedes y por unos instantes, gracias a aquellos canes, un atisbo de lo que fuera la vida social, floreció en el barrio.
Me detuve por unos instantes y giré la cabeza. Seguían allí en la distancia. Noté cómo olfateaban mi rastro y se acercaban, y observé volar una piedra lanzada desde pocos metros que dio de lleno en la cabeza de la más oscura de los tres canes y un conjunto de doloridas onomatopeyas turbó el sosiego de los edificios. Entonces él tiró ligeramente de su correa unida a mi collar mientras se miraba la mano con la que había cogido la piedra y seguí caminando a su lado, obediente y con paso firme merecedora de dos galletas de snacks que él, mi amo, guardaba en la despensa de casa para las perras más exigentes y caprichosas.
A estas horas de la noche, en el barrio no queda nadie despierto excepto tres canes libres, escuchimizados, una de ellos herida y yo, una Yorkshire terrier adornada con un lacito rosa en mi cabeza que observa la calle a través del cristal del salón.

No volví a saber jamás de aquellos perros libres.